Vosotros, pues, sed perfectos como
perfecto es vuestro Padre Celestial
Mt 5,48
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Domingo de Ramos: La Procesión de «La Entrada» La festividad del Domingo de Ramos constituye, para el cofrade logroñés, el umbral de la memoria colectiva. Representa el rito de iniciación —a menudo desde la temprana infancia— en una Semana Santa que ha sabido transformar el entusiasmo pueril en un compromiso adulto y devocional. Tradicionalmente, la procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén ha funcionado como el primer vínculo entre el niño y la cofradía. En las décadas de los 70 y 80, la participación en este desfile marcaba el inicio de una trayectoria que culminaba, con la madurez, en las procesiones del Encuentro o el Santo Entierro. Aquel periodo se caracterizaba por una geografía itinerante. La incertidumbre meteorológica se sumaba a la curiosidad de descubrir la ciudad a través del hábito, partiendo cada año de diferentes centros escolares. Eran tiempos de paradas litúrgicas en la Concatedral de La Redonda para asistir a la Eucaristía, antes de reemprender la marcha ...
Viernes de Dolor en Logroño El año 1981 La evolución de la Semana Santa logroñesa durante la transición de los años 70 a los 80 estuvo marcada por la crisis y el posterior intento de revitalización de una de sus tradiciones más arraigadas: la Procesión de los Siete Dolores de María. Hacia 1980, tras un análisis exhaustivo de la procesión, se constató que la misma, saliente de la parroquia de Santiago el Real, se encontraba en una situación crítica. A pesar ser una tradición decimonónica, la participación de fieles era escasa y el interés cofrade prácticamente nulo. Entre 1977 y 1980, se intentó dinamizar el acto mediante la incorporación de secciones instrumentales, contando con la colaboración de las bandas de la Cofradía de Jesús Nazareno, entonces con sección de viento, y de la Hermandad de la Pasión y el Santo Entierro (germen de la futura banda de la Entrada de Jesús en Jerusalén). Ambas agrupaciones compartían entonces lugar de ensayo, en el antigu...
SÁBADO SANTO. DÍA DE ESPERA Aquella Logroño de antaño exhalaba un suspiro de finitud cuando la última vara del Santo Entierro se posaba en el suelo. Con el final de la procesión, el ciclo sagrado se clausuraba de forma abrupta, dejando tras de sí un vacío que ni el Sábado Santo ni el Domingo de Resurrección lograban colmar en la agenda de la ciudad. Despertar aquel sábado era enfrentarse a la certeza de la orfandad cofrade; un año entero de espera se abría paso entre el silencio de las calles. Los enseres —tambores que aún conservaban el eco de las plazas, faroles, cetros y horquillas— buscaban su descanso en la penumbra de los almacenes. Mientras tanto, el paso quedaba confinado en la Capilla de San Pablo, en su sede canónica, como un gigante herido que solo los devotos más audaces se atrevían a visitar en la penumbra de la parroquia. Sin embargo, para quienes ya oficiábamos como portadores, el Sábado Santo cobraba una mística distinta, más humana y terrenal. Acudíamos a l...
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