SÁBADO SANTO. DÍA DE ESPERA Aquella Logroño de antaño exhalaba un suspiro de finitud cuando la última vara del Santo Entierro se posaba en el suelo. Con el final de la procesión, el ciclo sagrado se clausuraba de forma abrupta, dejando tras de sí un vacío que ni el Sábado Santo ni el Domingo de Resurrección lograban colmar en la agenda de la ciudad. Despertar aquel sábado era enfrentarse a la certeza de la orfandad cofrade; un año entero de espera se abría paso entre el silencio de las calles. Los enseres —tambores que aún conservaban el eco de las plazas, faroles, cetros y horquillas— buscaban su descanso en la penumbra de los almacenes. Mientras tanto, el paso quedaba confinado en la Capilla de San Pablo, en su sede canónica, como un gigante herido que solo los devotos más audaces se atrevían a visitar en la penumbra de la parroquia. Sin embargo, para quienes ya oficiábamos como portadores, el Sábado Santo cobraba una mística distinta, más humana y terrenal. Acudíamos a l...