Domingo de Ramos: La Procesión de «La Entrada»

La festividad del Domingo de Ramos constituye, para el cofrade logroñés, el umbral de la memoria colectiva. Representa el rito de iniciación —a menudo desde la temprana infancia— en una Semana Santa que ha sabido transformar el entusiasmo pueril en un compromiso adulto y devocional. Tradicionalmente, la procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén ha funcionado como el primer vínculo entre el niño y la cofradía. En las décadas de los 70 y 80, la participación en este desfile marcaba el inicio de una trayectoria que culminaba, con la madurez, en las procesiones del Encuentro o el Santo Entierro.

Aquel periodo se caracterizaba por una geografía itinerante. La incertidumbre meteorológica se sumaba a la curiosidad de descubrir la ciudad a través del hábito, partiendo cada año de diferentes centros escolares. Eran tiempos de paradas litúrgicas en la Concatedral de La Redonda para asistir a la Eucaristía, antes de reemprender la marcha hacia el colegio de La Enseñanza en la calle Capitán Gaona, donde el batir de palmas saludaba el paso de las imágenes.

Con el avance de los años 80, la fisonomía de la procesión experimentó una transformación profunda. Dos factores marcaron este cambio. Por un lado, la influencia instrumental; la llegada de la sección escolapia de Zaragoza, con sus imponentes bombos y timbales, supuso un desafío y un estímulo para las modestas secciones infantiles de Logroño, compuestas entonces por apenas una decena de tambores. Por otro, la renovación cofrade; el nacimiento de La Entrada trajo consigo un "soplo de aire fresco" frente a las estructuras anquilosadas en planteamientos pretéritos. Este dinamismo generó debates estéticos y normativos hoy históricos, como la controversia sobre el uso del capuz, defendido por la cofradía frente a las reticencias de la Hermandad.

La evolución del Domingo de Ramos también se reflejó en sus itinerarios y protocolos. Se abandonó la parada en La Redonda para consolidar un recorrido por la calle Portales, con salida y recogida en La Enseñanza. Fue una época de esplendor sonoro en la que las cuatro bandas de la ciudad participaban simultáneamente, resultando procesiones de gran longitud y duración.

El paso del tiempo convirtió a aquellos niños percusionistas en portadores y, más tarde, en observadores externos, hasta cerrar el círculo con el regreso a la fila procesional. Hoy, el Domingo de Ramos en Logroño no solo representa la alegría de la entrada del Señor en la Ciudad Santa, sino también el reencuentro del cofrade adulto con su propia historia y con la continuidad de una tradición que define la identidad de la capital riojana, aunque, últimamente, se empieza a ver modificada con la llegada de modos y maneras de entender la Semana Santa diferentes a los tradicionales. 

Comentarios

  1. ¡Qué bien explica el rito de iniciación! ¡Cómo esperábamos la llegada del Domingo de Ramos! Y es que esta procesión, como muy bien dice, puede entenderse como un ritual de paso colectivo que acompaña a cada generación: entrada, aprendizaje, alejamiento y regreso. Y ese regreso a la fila procesional en la edad adulta cierra el ciclo como una especie de consagración. El cofrade vuelve y lo hace transformado: ya no participa como un niño o joven que descubre, sino como alguien que custodia y transmite. Ese retorno no es casual, sino la culminación de un proceso en el que la persona se reconoce parte de algo mayor. Es una forma de “reconectar” con sus raíces, con su infancia y con una comunidad que ha moldeado su manera de entender la tradición. Esa continuidad es precisamente lo que otorga sentido y profundidad a nuestras celebraciones, convirtiéndolas en un patrimonio vivo que no depende únicamente de lo que se ve, sino de lo que se siente y se recuerda.

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