SEMANA SANTA 2026- II

El ENCUENTRO Y EL SANTO ENTIERRO. ¿UNA TRADICIÓN A MANTENER?



En el vasto catálogo de ritos que componen la Semana Santa de Logroño, dos hitos se erigen como los verdaderos ejes sobre los cuales bascula el sentimiento popular: el Encuentro y la Magna Procesión del Santo Entierro. Es, no obstante, esta última, la que custodia la génesis de nuestra actual celebración pasional. Sus raíces se hunden en el siglo XIX, época en la que permaneció como el único vestigio procesional de la urbe, sirviendo de cimiento —a semejanza de lo ocurrido en plazas tan insignes como Valladolid, Zaragoza o Pamplona— para la arquitectura devocional que hoy contemplamos.

Fue en el año del Señor de 1940 cuando la incipiente Hermandad de la Pasión y el Santo Entierro instituyó la procesión del "Prendimiento". Aquel solemne cortejo, con origen en la colegiata de la Redonda —hoy elevada al rango de concatedral—, discurría por las arterias logroñesas arribando a Palacio y Santiago para recoger los pasos y congregarlos en el templo mayor. No será hasta 1942 cuando se incorporó el conmovedor pasaje del Encuentro del Nazareno, cargado con el madero, ante la mirada de su Madre. Tras un deambular por diversos enclaves de la ciudad, desde su originario emplazamiento en la intersección de las calles Mayor y Sagasta, la ceremonia encontró su actual y, de momento, definitiva ubicación.

La historia de nuestra Semana Santa no ha estado exenta de tribulaciones. La crisis de finales de los años setenta amenazó con apagar la llama de la fe pública; sin embargo, la pertinacia heroica de un grupo de almas, cuyos nombres resuenan hoy con eco de gratitud —Natalio Segura, Eugenio Ugarte, Ricardo Ochoa, Pascual, el famoso "Galletas", Torcelly, Miguel Ángel, Cestafe o el mismo Jesús Perea y tantos otros—, evitó el naufragio. Estos hombres fueron los artífices de un renacimiento que transformó las cofradías en asociaciones dinámicas y vivas, legando a las nuevas generaciones un patrimonio que estas deberían estudiar no solo como rito, sino como un acto de justicia histórica.

Frente a las voces que auguraban una declinación en la asistencia, el tiempo ha demostrado que la devoción logroñesa es imperturbable, sujeta únicamente a los designios de la meteorología. El Encuentro del Miércoles Santo trasciende lo puramente litúrgico para erigirse en un referente cultural y un depósito de la memoria colectiva logroñesa. Este 2026, la asistencia ha alcanzado cotas de masividad inéditas en las últimas décadas, favorecida, sin duda, por el acierto de adelantar el horario a las diez de la noche.

Sin embargo, este auge no está exento de debates. La introducción de acompañamiento musical tras el Nazareno suscita la dialéctica entre la percusión tradicional y el influjo de las bandas de corte andaluz; una tensión entre la traditio autóctona y la adopción de modelos foráneos que invita a una reflexión profunda sobre la estética de nuestra carga.

Analizar la procesión del Viernes Santo exige reconocer su asombrosa evolución. De aquel modesto desfile de apenas cuatro hermandades y diversos pasos sin cofradías, hemos transitado hacia una formación de once cofradías, dotadas de secciones musicales y nutridas filas de hermanos. El itinerario, que permanece fiel al trazado decimonónico, discurrió este año ante un público espectacular que abarrotó puntos emblemáticos como la calle Portales o la curva del Hospital Provincial.

Pese a las corrientes que pretenden mimetizar el estilo más propio del sur de  Despeñaperros y reducir el número de pasos, el Santo Entierro persiste como un acto social total. Como bien indicara el profesor Isidoro Moreno, podemos decir de nuestra ciudad que, "los desfiles procesionales son ocasiones de reproducción de identidades colectivas, de inserción del yo individual en diferentes nosotros, desde el familiar al comunitario, sin por ello disolver la individualidad". (1)

En definitiva, Logroño ha vuelto a confirmar que su Semana Santa es mucho más que un desfile; es el latido de un pueblo que, ajeno a los "dimes y diretes" internos de las cofradías, encuentra en sus calles el espejo de su propia historia.

(1)Moreno Navarro, Isidoro. “La religiosidad popular. Entre el templo y la calle”. Actas del VI Congreso Nacional de Cofradías, Medina del Campo, 2016, pág. 93

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