¿HASTA 2027?

Concluye el ciclo de la Semana Santa de 2026, cuya andadura comenzó en octubre del pretérito año 2025, tras la finalización de las fiestas locales de San Mateo. Únicamente las inminentes solemnidades del Corpus Christi y la ofrenda floral a San Bernabé —ambas encuadradas en la primera quincena del presente mes de junio— rubricarán el término definitivo, salvo error u omisión, de la actividad cofrade en la ciudad de Logroño.

Viernes Santo, 1968. 


Se abre ahora el dilatado paréntesis estival; un periodo propicio para la reflexión, la planificación y la vertebración del próximo curso: la Semana Santa de 2027. Dicho ejercicio litúrgico vendrá marcado por una Cuaresma madrugadora, cuyo Miércoles de Ceniza acontecerá el 10 de febrero, situando el Domingo de Ramos en el 21 de marzo. A este calendario eclesiástico conviene añadir, además, el inminente proceso electoral de la Junta de la Hermandad de Cofradías de la Pasión de Logroño. Los interrogantes emergen de forma natural: ¿cuál será la composición de la futura Junta?, ¿prevalecerá una línea continuista o, por el contrario, asistiremos a una etapa de ruptura y renovación? Si bien el porvenir parece predecible para la mayoría, subsisten la ilusión y el anhelo de una necesaria transformación.

Al evocar el éxito alcanzado en esta edición de 2026, resulta inevitable rememorar aquella máxima pronunciada por un devoto anónimo en Linares: «La Semana Santa pertenece a los cofrades». No obstante, tal como se ha argumentado en crónicas precedentes, la celebración adolece de una progresiva pérdida de su esencia popular en favor de una creciente institucionalización. Al hilo del II Congreso Internacional de Hermandades y Religiosidad Popular, celebrado en Sevilla en diciembre de 2024, el catedrático Isidoro Moreno señalaba con agudeza que, bajo el rótulo de «congreso», se camuflaba en realidad un curso intensivo de adoctrinamiento eclesial para los cofrades. Un fenómeno que reverbera en nuestras latitudes, donde la instrucción —ya sea teológica, artística, cultural o antropológica, siempre perentoria— destaca por su flagrante ausencia y, a tenor de los indicios, continuará omitida. Se puede decir que «la Semana Santa es de los cofrades... y cada vez es menos cofrade y más institucional».

Por otra parte, es de justicia refrendar el esplendor cosechado este año. Sin embargo, la incertidumbre radica en si este hito constituirá un fenómeno efímero o logrará consolidarse en el tiempo. Dado que la próxima Semana Santa se celebrará en marzo, lo previsible será afrontar la rigurosidad meteorológica propia de la fecha, caracterizada por el frío e incluso por la contingencia de lluvia o nieve. Ante este escenario, cabe cuestionarse: ¿está el ámbito cofrade logroñés facultado para convivir con la adversidad climatológica? ¿Se ha diseñado alguna alternativa viable a las procesiones en la vía pública?

Si rememoramos los aciagos periodos de 2020, sin Semana Santa debido al confinamiento y, de manera fidedigna, 2021, se constató que las restricciones espaciales propiciaron una atmósfera que congregó a una ingente cantidad de ciudadanos en los templos. Es sabido que, por razones heterogéneas, la Semana Santa concita en las iglesias a una concurrencia masiva, no necesariamente motivada por la fe o la adscripción cofrade.

Se manifiesta así la dualidad del espacio intra muros ecclesiae. Durante estas fechas, la centralidad litúrgica bascula del altar mayor al Monumento y, una vez concluidos los oficios, emerge una dimensión donde lo sagrado y lo secular coexisten. Los pasos procesionales se exponen en las naves del templo, integrándose en una dinámica donde la devoción, la expectación social y el comercio, conviven en perfecta armonía, en consonancia con las tesis del antropólogo Alonso Ponga.

En suma, solo el devenir de los acontecimientos refrendará o desmentirá estas reflexiones. Desde estas líneas, les deseo un estupendo verano. Nos reencontraremos, a la vuelta de las vacaciones.

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