VOLVEMOS.
En 1983 veía la luz Piece of
Mind, cuarto álbum de estudio de la banda británica Iron Maiden. Entre sus
composiciones destaca The Trooper, escrita por el bajista Steve
Harris, una pieza inspirada en la célebre carga de la Brigada Ligera durante la
batalla de Balaclava, librada en 1854 en el marco de la guerra de Crimea. La
acción militar, convertida posteriormente en uno de los episodios más conocidos
de la historia bélica británica, estuvo marcada por una serie de errores de
comunicación y malentendidos entre los mandos del ejército británico que
condujeron a 639 jinetes a enfrentarse a una posición rusa fuertemente
defendida. De aquellos efectivos, únicamente 195 regresaron, muchos de ellos
con graves heridas.
A comienzos de la década de 1990,
Lemmy Kilmister, vocalista y líder de la formación también británica Motörhead,
recuperaba en 1916 otro episodio de la historia militar europea.
La canción narra, desde una perspectiva marcadamente humana, la experiencia de
unos jóvenes que se alistaron voluntariamente para combatir durante la Primera
Guerra Mundial. Algunos llegaron incluso a falsear su edad, impulsados por el
ambiente propagandístico y patriótico promovido por los gobiernos de la época.
El desenlace resulta trágicamente previsible: la muerte de la mayoría de
aquellos muchachos en el campo de batalla y su posterior desaparición de la memoria
de quienes, en teoría, los habían llamado a filas y de la memoria colectiva de
la sociedad de aquella época.
La composición de Motörhead
presenta, además, unas características formales especialmente significativas.
Frente a la contundencia habitual de la banda, 1916 se articula
sobre una interpretación vocal contenida y profundamente melancólica,
acompañada por un violín. La sobriedad de los recursos empleados intensifica el
carácter dramático del relato y convierte la canción en una reflexión sobre la
juventud, la guerra, la propaganda y el olvido.
Ambos ejemplos pueden servir como
punto de partida para introducir una reflexión sobre el momento actual de las
cofradías de Logroño. No se pretende establecer una equivalencia directa entre
aquellos episodios históricos y la realidad cofrade de nuestra ciudad; es,
simplemente, un recurso metafórico para plantear una cuestión que parece
pertinente al inicio de un nuevo curso. Un curso que, además, habrá de culminar
con una Semana Santa particularmente temprana, la correspondiente al año 2027.
Resulta, por tanto, oportuno, y van
ya unos cuantos años, detenerse en la situación actual de las cofradías de esta
capital riojana y preguntarse cuáles son las perspectivas que se abren ante
ellas. Más allá de las actividades propias del calendario cofrade, existen
cuestiones institucionales y patrimoniales que, por su relevancia, deberían
ocupar un espacio destacado en el debate cofrade logroñés.
La primera —y hasta el momento
prácticamente única— noticia de carácter institucional es la convocatoria del
proceso electoral para el viernes 2 de octubre. Desde 2022, los procesos
electorales, tradicionalmente celebrados durante el mes de mayo, han pasado a
desarrollarse en octubre. Las razones de este cambio no parecen haber sido
suficientemente explicadas o, al menos, no han trascendido de manera clara al
conjunto de los hermanos.
A fecha de hoy, s. e. u o.,
tampoco existe conocimiento formal de la existencia de candidatura alguna. Sí
circulan, rumores, comentarios y conversaciones informales, especialmente
después de la celebración de las recientes fiestas mateas de nuestra ciudad. No
deja de resultar significativo que buena parte de estas informaciones
encuentren su espacio de difusión en ámbitos ajenos a los cauces
institucionales de las propias cofradías. Los bares, cumplen una función que,
desde una perspectiva casi antropológica, ha sido descrita como la de un
espacio de conversación, confidencia y transmisión de opiniones. De ahí la
afirmación según la cual los bares «son un confesonario laico, un lugar donde
se ofrecen tratamientos de choque gratuitos contra los males del alma» (1).
Esta circunstancia invita a
plantear una cuestión que trasciende el mero proceso electoral: la necesidad de
fortalecer los canales de comunicación interna y externa de nuestras cofradías.
En cualquier institución de carácter asociativo, la existencia de información
clara, accesible y contrastable constituye un elemento esencial para favorecer
la participación de sus miembros y evitar que los espacios informales terminen
sustituyendo a los cauces oficiales de comunicación.
Junto a esta cuestión
institucional, otro de los asuntos que previsiblemente marcará el nuevo curso
será la llegada del nuevo Resucitado. Se trata de un proyecto que ha suscitado
expectación y sobre el que, inevitablemente, cabe formular una pregunta elemental:
¿llegará finalmente a Logroño?
¿Volverá a retrasarse su llegada?
Cabe esperar que la nueva imagen esté en
nuestra ciudad durante el presente curso o, en todo caso, durante los primeros
meses del siguiente, de manera que pueda presidir, el 28 de marzo, la procesión
del Domingo de Resurrección.
Más allá de la dimensión
estrictamente devocional y artística de la nueva imagen, existe también una
dimensión administrativa y económica que merece ser conocida. ¿Podremos conocer
los cofrades el coste de la obra, las condiciones y modalidades de pago, así
como del contrato suscrito con su autor y de aquellos otros aspectos que
permitan comprender adecuadamente el desarrollo del proyecto? La transparencia debiera
ser una práctica normal en cualquier institución que gestiona recursos y
desarrolla proyectos de interés colectivo.
En consecuencia, el comienzo de
este nuevo curso plantea numerosos interrogantes. ¿Qué nos depararán los
próximos meses? ¿Se producirán cambios significativos o asistiremos, una vez
más, a una repetición de dinámicas ya conocidas? ¿Seremos capaces de afrontar
los desafíos pendientes con una perspectiva renovada o continuaremos
reproduciendo modelos que parecen haber llegado a un cierto agotamiento?
Volvamos, finalmente, a las dos
canciones que han servido de punto de partida.
En The Trooper,
Iron Maiden pone voz a un combatiente que, después de haber participado en una
acción militar cuyo desenlace se presenta como inevitable, permanece herido y
abandonado, contemplando el cielo y esperando sus últimos instantes. En 1916,
Lemmy describe igualmente el momento final de unos jóvenes que, después de
haber sido enviados al frente, mueren juntos, aferrados unos a otros.
Ambas composiciones comparten,
pese a sus evidentes diferencias, una misma preocupación: la relación entre las
decisiones tomadas por quienes ocupan posiciones de responsabilidad y las
consecuencias que terminan recayendo sobre quienes deben asumirlas. Es
precisamente en este punto donde la metáfora adquiere sentido.
Las cofradías no son ejércitos ni
los cofrades son combatientes enviados a un campo de batalla. Sin embargo,
cualquier institución que pretenda mantenerse viva, necesita dirigentes capaces
de tomar decisiones, hermanos dispuestos a participar y, sobre todo, una
comunidad suficientemente informada para comprender el rumbo que se está
adoptando.
Por ello, comenzar un nuevo curso
no debería limitarse a inaugurar un nuevo calendario de cultos, ensayos,
reuniones y procesiones. Debería constituir también una oportunidad para
revisar lo realizado, identificar las cuestiones pendientes y plantear con
serenidad qué modelo de cofradías y Semana Santa queremos construir para los
próximos años.
Quizá la verdadera cuestión no
sea simplemente si «volvemos», sino a dónde queremos volver y, sobre todo,
hacia dónde queremos avanzar.
(1)Sevilla, una ciudad de
bares. Revista Nazarenos, n.º 18, pág. 8. Sevilla, 2024.

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