SÁBADO SANTO. DÍA DE ESPERA
Aquella Logroño de antaño exhalaba un suspiro de finitud
cuando la última vara del Santo Entierro se posaba en el suelo. Con el final de
la procesión, el ciclo sagrado se clausuraba de forma abrupta, dejando tras de
sí un vacío que ni el Sábado Santo ni el Domingo de Resurrección lograban
colmar en la agenda de la ciudad. Despertar aquel sábado era enfrentarse a la
certeza de la orfandad cofrade; un año entero de espera se abría paso entre el
silencio de las calles.
Los enseres —tambores que aún conservaban el eco de las
plazas, faroles, cetros y horquillas— buscaban su descanso en la penumbra de
los almacenes. Mientras tanto, el paso quedaba confinado en la Capilla de San
Pablo, en su sede canónica, como un gigante herido que solo los devotos más
audaces se atrevían a visitar en la penumbra de la parroquia.
Sin embargo, para quienes ya oficiábamos como portadores, el
Sábado Santo cobraba una mística distinta, más humana y terrenal. Acudíamos a
la Iglesia de Santiago, el Real, a una hora imprecisa, ni muy temprana ni
demasiado tardía, imbuidos en la tarea de la restauración del orden. Era el
momento de recuperar los objetos olvidados, de barrer el templo y de ejecutar
el rito culminante: tensar la cuerda.
El broche de oro, no obstante, no era místico, sino
fraternal. Tras la faena, nos aguardaba el banquete de los supervivientes:
huevos fritos con patatas y, para los más osados, el vigor del choricillo de la
tierra. Entre tragos de vino, cerveza o agua, se sellaba la hermandad. Solo al
caer la noche, quien aún conservaba fuerzas en el espíritu, regresaba al templo
para aguardar, en la Vigilia Pascual, la luz que ya no vería procesionar por
las calles.
Hoy, la tradición ha mudado su ritmo. La cofradía nazarena,
en un alarde de eficacia contemporánea, desmonta sus pasos apenas despunta la
mañana del sábado, acelerando un adiós que antes solíamos dilatar con la
parsimonia de la nostalgia.

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