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TELECRACIA COFRADE
O el
entretenimiento cofrade
A finales de 1967, The Beatles publicaron su noveno álbum de estudio, Magical
Mystery Tour. Entre las composiciones que lo integran sobresale I Am the
Walrus, una pieza de marcado carácter psicodélico escrita principalmente
por John Lennon e inspirada en el poema de Lewis Carroll The Walrus and the
Carpenter (La morsa y el carpintero). Los primeros versos de la
canción pueden traducirse como: «yo soy él, como tú eres él, como tú eres yo, y
estamos todos juntos». Más allá de su aparente complejidad simbólica, la
composición nació como una suerte de juego intelectual. Lennon, conocedor de
que determinados profesores analizaban exhaustivamente las letras del grupo en
las aulas, decidió construir deliberadamente un texto enigmático y difícilmente
interpretable, una elaborada broma musical destinada a confundir.
La experimentación alcanza su punto culminante en los compases finales de la canción, cuando se incorpora una grabación radiofónica procedente de la BBC que reproduce fragmentos de El Rey Lear de William Shakespeare, concretamente de la escena sexta del acto IV. El resultado es una superposición de referencias, voces y significados que convierte la obra en una suerte de collage sonoro donde la interpretación racional cede terreno a la percepción fragmentaria y, sobre todo, al espectáculo.
Hace algunos meses se comentó en una entrada el libro La
desaparición de los rituales, obra del filósofo y antropólogo surcoreano
Byung-Chul Han. Posteriormente, el autor publicó La digitalización y la
crisis de la democracia. Infocracia, ensayo en el que desarrolla algunas de
las consecuencias más significativas de la revolución digital contemporánea. En
síntesis, Han sostiene que la producción masiva de datos e información ha
alcanzado tal magnitud que resulta prácticamente imposible abarcarla de manera
crítica y ordenada. Este fenómeno afecta a todas las dimensiones de la
existencia humana, incluidas aquellas relacionadas con la religiosidad popular
y la vida cofrade, generando transformaciones profundas que suelen pasar
inadvertidas en el corto plazo, aunque terminan revelando toda su trascendencia
con el paso del tiempo.
Naturalmente, esta dinámica también incide en los procesos políticos y
democráticos. Entre las múltiples observaciones formuladas por Han existe una
especialmente reveladora para el análisis del fenómeno cofrade contemporáneo.
Escribe el filósofo:
«La mediocracia es al mismo tiempo una teatrocacia… En los debates
televisivos…, lo que cuenta ahora no son los argumentos, sino la performance…
El discurso degenera en espectáculo y publicidad… La televisión fragmenta el
discurso… La radio está secuestrada … Su lenguaje está diseñado para provocar
reacciones viscerales… En la telecracia, la pantalla de vigilancia del Gran
Hermano es sustituida por la pantalla de televisión. La gente no está vigilada,
sino entretenida… Todos los deseos y todas las necesidades deben ser
satisfechos de inmediato. La gente está obnubilada por la diversión, el consumo
y el placer…» (1)
Aunque el pensamiento de Han continúa desarrollándose a partir de esta
reflexión, es precisamente este punto el que reviste un interés singular para
comprender la situación actual del mundo cofrade riojano.
Fue a comienzos del siglo XXI cuando la diócesis emprendió, por
primera vez de forma sistemática, la tarea de ordenar y estructurar el ámbito
de la religiosidad popular y de las cofradías. Aquella decisión despertó
expectativas e ilusiones legítimas. Muchos interpretaron que, por fin, la
institución eclesial asumía como propia una realidad que durante décadas había
permanecido en una posición periférica o, simplemente, no había existido.
Sin embargo, transcurridos más de veinticinco años, la sensación
predominante es que el avance esperado no se ha producido. Más aún, en
determinados aspectos parecería que el movimiento cofrade riojano hubiera
retrocedido hacia esquemas propios de mediados del siglo XX, alejándose de los
desafíos y exigencias que debería afrontar una religiosidad popular plenamente
inserta en el siglo XXI.
Resulta incómodo reconocerlo, pero las hermandades corren el riesgo de
convertirse exclusivamente en las “carrozas” de la Semana Santa. Toda la
actividad parece orientarse hacia la organización de una Cuaresma aceptable y
una Semana Santa brillante desde el punto de vista externo, procesional y
estético. La vida formativa, evangelizadora y comunitaria, en cambio, queda con
frecuencia relegada a un segundo plano.
El notable incremento de asistencia de público registrado durante la
pasada Semana Santa, tanto en Logroño como en numerosos lugares de España,
constituye un fenómeno digno de atención. Sin embargo, cabe preguntarse de qué
manera se está gestionando ese éxito. ¿Existe una reflexión pastoral sobre sus
implicaciones? ¿Se está trabajando desde las cofradías y desde las
instituciones diocesanas para canalizar esta realidad? ¿Se están diseñando
estrategias que permitan superar modelos repetidos casi mecánicamente durante
los últimos quince años? Negar la existencia de una profunda crisis cofrade y diocesana
en nuestra ciudad y nuestra provincia sería sencillamente ignorar una evidencia
cada vez más visible.
En este contexto, las cofradías parecen haber asumido una función esencialmente recreativa dentro de la sociedad contemporánea. Han pasado a desempeñar el papel de proveedoras de un espectáculo colectivo durante la semana central del calendario cristiano. Y es precisamente aquí donde la reflexión de Byung-Chul Han adquiere toda su vigencia. También nosotros disponemos de nuestro particular «Gran Hermano», de nuestra propia pantalla, capaz de convertir la religiosidad popular en un producto de consumo visual. Lo importante ya no parece ser la experiencia espiritual, la formación cristiana, la construcción de una auténtica vida cofrade o el mantener una tradición sobre la que se articula el ser mismo de la sociedad, sino la satisfacción inmediata de expectativas cada vez más amplias y heterogéneas: ¿las del cofrade?, las del espectador, las de los medios de comunicación y las de la propia institución. De persistir esta tendencia, no resultaría extraño que nuestras cofradías terminaran adquiriendo las mismas apariencias fragmentarias y absurdas que la de aquella célebre composición de Lennon, hasta el punto de que acabáramos entonando sin reparo alguno: "Sardina de sémola/ escalando la torre Eiffel/. Pingüino elemental cantando Hare Krishna/ tío, debieras haberlos visto pateando a Edgar Allan Poe»
Conviene, por ello, recuperar las palabras que Miguel Delibes escribió
a mediados de los años ochenta del siglo XX acerca de la Semana Santa de Ahedo
de Butrón, pequeño pueblo burgalés que conservaba intacta la autenticidad de
sus expresiones religiosas:
«El encanto de estas sencillas manifestaciones de fe reside,
precisamente, en su espontaneidad, en su improvisación, en su falta de ensayo.
Si algo sobra en Ahedo ese día son los mirones, que con su mera presencia
vienen a convertir en espectáculo un acto de piedad comunitario. Lo demás está
bien como está, sería un error cambiarlo. Porque el día que en la escena de la
flagelación, pongamos por caso, se amarre al cristo a una columna auténtica en
lugar de a un tubo de uralita desportillado, como se hace ahora, o los cuatro
sayones, con sus túnicas rojas de guardarropía, pierdan sus despachaderas y
sustituyan sus improvisados exabruptos («¡Levanta, perro!, aún no has cogido la
cruz y ya estás cansado») por un texto literario de circunstancias, ese día,
digo, los «pasos» de Ahedo dejarán de ser una manifestación penitencial
espontánea para convertirse en una rambalesca escenificación del drama del
Calvario.» (2)
La advertencia de Delibes conserva hoy una sorprendente actualidad.
Allí donde la fe se transforma en espectáculo, donde la autenticidad cede ante
la escenificación o donde la experiencia religiosa queda subordinada al
entretenimiento, la tradición corre el riesgo de vaciarse de su significado
profundo. Quizá la verdadera cuestión que debe afrontar el mundo cofrade
contemporáneo no sea cómo atraer más espectadores, sino cómo evitar convertirse
definitivamente en aquello que nunca estuvo llamado a ser: un mero espectáculo
para el consumo de masas.
Notas.
(1) Byung-Chul Han, La digitalización y la crisis de la democracia.
Infocracia, Taurus, Barcelona, 2025, pp. 28-31.
(2) Delibes, Miguel, Castilla habla, Áncora y Delfín,
Barcelona, 1986, p. 105.

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