VIERNES SANTO. DÍA GRANDE
La llegada del Viernes Santo evoca inevitablemente la figura
de mi abuelo y aquella máxima que nos repetía: «Hoy no se puede cantar, que
se ha muerto el Señor». Paradójicamente, eran nuestros tambores, timbales y
cornetas los que «cantaban» después, escoltando al Nazareno durante el Santo
Entierro.
En mis primeros años, el ritual comenzaba al mediodía con el Traslado. Aquellos tres pasos custodiados en Palacio se encaminaban hacia La Redonda, donde aguardarían en la Capilla de los Ángeles la procesión vespertina. Contemplar la capilla en aquel momento traía a la memoria la ocurrencia de un amigo madrileño: «Parece el metro en hora punta». Y no le faltaba razón. Soledad, Sepulcro, Magdalena, Ánimas, Descendimiento, Piedad y Oración; todos congregados en un espacio que, asombrosamente, los lograba albergar. Desfile sobrio, integrado únicamente por cofrades, donde destacaba la imponente entrada del Cristo de las Ánimas, siempre de cara al pueblo que lo aguardaba
A principios de la década de los 80, se instauró el Vía Crucis matutino. Partiendo de la Fuente de Murrieta hacia la ermita del Cristo del Humilladero, la comitiva portaba al «Nazareno Viejo», una imagen retirada del culto en 1968 que el azar quiso que se conservara en un almacén particular. Le acompañaba la Virgen de los Dolores, cuya morada habitual era y es la parroquia de Santiago el Real. Aquel primer año, por razones hoy difusas, la banda de la cofradía nazarena puso la nota musical. Sin embargo, la experiencia fue efímera: el descontento de algunos vecinos, manifestado en increpaciones e incluso algún que otro vertido de agua al paso de la procesión, hizo que la iniciativa no se repitiera.Al caer la tarde, llegaba el momento solemne del Santo
Entierro. En aquel entonces, los miembros de la banda no vestían el capuz, dada
la corta edad de los numerosos infantes que la integraban. Eran tiempos en los
que la procesión, manteniendo el itinerario actual, resultaba más ágil.
Recuerdo cómo las Siete Palabras se incorporaban al cortejo casi al final de
Portales, en un recoveco de la calle homónima. También permanece en la memoria
la hospitalidad del dueño del Bar Bilbao, quien al regreso ofrecía, a los
hermanos nazarenos, refrigerios a niños y miembros de la banda, y cerveza a los
sufridos portadores. Eran otras épocas, otros usos y costumbres.


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