MIÉRCOLES SANTO.

EL ENCUENTRO

El Miércoles Santo en Logroño tiene un nombre propio: El Encuentro. Más que una procesión, es el latido de una cofradía que, desde hace 85 años, convierte la calle Santiago en un escenario de devoción y asombro.

Uno de los protagonistas, quizá el más importante, es Él; con mayúsculas; el Nazareno; pero no uno cualquiera; no; el único; el de Logroño, el guabiado por Alejandro Narvaiza. Una talla postconciliar que rompe moldes: su mano izquierda, imagen del cartel de este 2026, es la mano de un trabajador. Su mirada, profunda y severa, que taladra. parece escuchar a Unamuno, mientras cruza la ciudad, recordando que bajo el capuz no hay individuos; es una única cofradía unida en torno a Él.

Nos encontramos ante lo que podemos considerar el rito del silencio y el esfuerzo; antes de la gloria, existe la intimidad. En la capilla del Cristo Románico, los portadores rezan un último Padrenuestro, tras recibir las últimas instrucciones del Cabo de Varas Nazareno. Poco después, llega el estallido: el paso desciende a pulso, con los nudillos rozando el suelo, para lograr salir por la estrecha puerta de Santiago. Un esfuerzo físico que es, en sí mismo, una oración de todos y cada uno de los hermanos que lo realizan. Quizá, todo buen nazareno, deba realizarlo una vez en su vida.

También es un ejercicio cofrade de memoria y "castellanía". Ser nazareno es también recordar anécdotas como la de 1974, cuando la radio cantaba la "batalla de Glasgow" del Atlético de Madrid contra el Celtic; mientras, los cofrades apuraban un anís o una cerveza antes de que la lluvia suspendiera la salida a la calle. Porque la Semana Santa nazarena es eso: tradición a varal, historia viva y el orgullo de ser, por unas horas, los pies de Dios en el camino al Calvario.

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