FLAGELACIÓN-MARISTAS. VÍSPERAS

El Martes Santo se despliega en la memoria como un umbral de ritos compartidos, una jornada de vísperas donde el tiempo parece suspenderse entre la nostalgia de la adolescencia y el rigor de la madurez cofrade. En aquellos años de juventud y banda, el destino estaba marcado por la llamada de Santa Teresita; allí, el ya sabías que el refugio se hallaba en la torre, en el último piso, por razones que solo el hermetismo de los cofrades antiguos alcanza a comprender, guardando el secreto como un tesoro generacional.

Era este el día consagrado al montaje del paso, una liturgia de esfuerzo y precisión. Tras abandonar la disciplina de la banda, la jornada se centraba en el Nazareno, propiciando el primer encuentro de la hermandad de portadores. Entre los muros de la capilla de San Pablo, donde antaño la imagen descansaba sobre una peana que complicaba sobremanera las tareas de alzado, se sucedían los saludos parcos y el reconocimiento de los nuevos rostros que se incorporaban a la carga. Con el tiempo, el traslado del paso a las andas definitivas aligeró la tarea, y desde aquel emblemático centenario de 2005, el compromiso se duplicó al integrar al Nazareno Viejo en la estructura de sus nuevas andas, fundiendo en un mismo acto el respeto a la historia y la funcionalidad del presente.

Al concluir el montaje, el ritual dictaba una suerte de peregrinaje hacia el encuentro con la Flagelación, conocidos en la intimidad como «los de la pila». Desde los albores de los noventa, la Santa Cruz se sumó a este itinerario sentimental del Martes Santo. Acudir a Santiago y atravesar el patio del colegio se convirtió en un acto casi litúrgico, permitiendo observar el paso ya dispuesto, recibiendo los últimos toques decorativos antes de asomarse a la ciudad. Resultaba curioso observar cómo, partiendo del antiguo colegio de los Hermanos Maristas, la procesión rara vez completaba su trazado teórico, recortando camino sin alcanzar Vara de Rey. En ese tramo final, los nazarenos se dividían: unos hacia Santa Teresita y otros, de manera casi instintiva, hacia la Santa Cruz, escoltando a la cofradía en su recogimiento final hacia el patio escolar.

Hoy, la jornada ha mudado su fisionomía pero no su esencia. Es tiempo de tallajes, de la preparación minuciosa de los portadores y del ajuste final de los actos que darán sentido al Miércoles Santo. Sin embargo, bajo la actividad febril de los preparativos, subyace siempre esa inquietud compartida que hermana a todos los cofrades frente al cielo: esa pregunta inevitable, casi existencial, sobre si la lluvia respetará el anhelado Encuentro de mañana.

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